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Londres, 21 de febrero de 1827.

Mi amadísimo padre,

He estado en estos días avivando mis diligencias para la asecusión de un panorama; o por mejor decir meditando más detenidamente y con presencia de los objetos, cómo podrán vencerse las graves dificultades que se presentan para proporcionar a la casita de las Delicias este singular ornamento, que lo sería también para la capital, y aun para todo Chile, puesto que no hay en América (no sé de Estados Unidos) una tan apreciable curiosidad, resultado de los asombrosos progresos que ha hecho en estos últimos tiempos la pintura en el ramo de la perspectiva. Pero las dificultades se me presentan cada vez más insuperables, o al menos sólo superables a costa de mucho dinero; siendo la menor parte de él la que aquí se requiere para comprar el panorama, pues el principal gasto es el que ha de traer la construcción de un edificio, aun que sólo sea para suplir pero a propósito para colocarlo.

El panorama no es otra cosa que una pintura de perspectiva, hecha con tanta maestría y conformidad con las reglas de la óptica, que vista a determinada distancia y sin auxilio de vidrios ni otro arte, parezca el mismo objeto natural; y ciertamente lo parece tanto (cuando el panorama está bien trabajado) que no dejaría Ud. de jurar, a no tener conocimiento anticipado de que aquélla es pintura, que verdaderamente estaba viendo a Madrid, Roma, Edimburgo, etc. Dejando aparte que el alma de la ilusión consiste en la pintura, también contribuye mucho la forma en que entra la luz que ha de iluminar a aquélla, pues aunque no se requieren exquisitas combinaciones o artificios, debe procurarse que la sala esté construida de tal modo que sólo se vea el panorama, y que la luz no presente algún otro objeto de comparación; porque si se divisara o una punta de pared, o alguna parte del techo, o la sombra de una viga o de un cristal, etc., se destruiría la ilusión.

No crea Ud. que la pintura de un panorama consiste en algún lienzo pequeño como en otras invenciones ópticas: comprende precisamente toda la extensión del edificio en que está colocado; y éste no puede menos que ser regularmente extenso, para que surta el efecto debido. Por las siguientes dimensiones formará Ud. concepto de la extensión requerida. Dos son las casas de Panorama en Londres una mayor que otra. Los de la primera tienen 33 pies de alto: 70 de diámetro; y la circunferencia (si mis principios geométricos no están equivocados) es tres tantos y un séptimo del diámetro. Los de la segunda tienen 18 pies de alto y 50 de diámetro; y debe advertirse que ya en esta segunda casa, la ilusión del panorama parece como que flaquea un poco. Ya se deja ver, que tan desmedida pintura, hecha con maestría, debe valer mucho; a esto agregue Ud. que tales pinturas se hacen por artistas que van al mismo lugar que ellas representan y que tienen que trabajar tanto más, cuanto que su copia debe ser exactísima hasta en el color de las tejas de los techos y cruces de las torres. Sin embargo la necesidad en que se hallan los dueños de estas empresas, de deshacerse de los panoramas de cuya vista está ya cansado el pueblo y dificultad de trasladarlos a otros pueblos (aunque regular mente hacen esto) por el costo del edificio que es preciso construir al efecto, les obliga a abaratar algo, 3.000 mil pesos me pidieron por el Panorama de Edimburgo, y 500 por los menores.

Pero como ya dije, lo principal es el edificio que debe ser una rotunda de la misma circunferencia y alguna más altura de la del panorama, con el techo de vidrieras, y una especie de segunda rotunda en medio, para que en ella se sitúe el espectador o espectadores. Mucho he pensado sobre cómo podría hacerse, en la casita, este edificio de un modo económico. En efecto, podría construirse de tablas, o aun de quincha, con horcones o vigas de la elevación competente que formasen la armazón, cuidando que la pared así construida no fuese tan débil que amenazase ruina, o expusiese la pintura a ser penetrada por detrás de las lluvias; pero el techo es, a mi entender, la obra de romanos. Es cierto que no hay necesidad de que todo él sea de vidrio; pero al menos debe serlo para que entre la luz precisa, toda la circunferencia de la rotunda, hasta una vara lo menos de la muralla hacia el centro. Por de contado se puede usar de nuestros vidrios de ventana comunes, de sesma a cuarta en cuadro; mas el número que entraría de ellos, sería excesivo, y probablemente no resistirían nuestras lluvias fuertes, que son muy raras en Londres y París. En tal caso no sólo se correría el riesgo de la rotura del cristal, sino de que se echase a perder la pintura, si se introducía el agua. Estos vidrios serían soldados o ensamblados por nuestros hojalateros; pero deberían llevar, de trecho en trecho, barrotes gruesos de madera que sostuviesen su peso, y de donde partiesen hasta el barrote inmediato los ensambles como en nuestros marcos o bastidores de ventana. Entonces la sombra del barrote de las vigas que han de arrancar de la cima de la muralla al centro de la rotunda, para sostener el techo, y aun la de los ensambles de los vidrios, darían sobre la pintura, y perjudicarían a la ilusión. Para subsanar esto, se necesita cubrir los cristales con una tela fina aceitada que impida que penetren los rayos del sol. Se me olvidaba prevenir que en medio de la rotunda debe ir un pilar sobre el cual descansen las vigas o tijerales que sostengan el techo, el cual como nuestros tejados debe ser un plano inclinado para que corran las aguas. Si no hubiera el temor de lluvias, sereno y a la intemperie en general, que debe lastimar y concluir en breve con la pintura; y si el panorama fuese para verlo sólo por un día, o dos, yo opinaría porque no hubiese techo, sino sólo el de la rotunda segunda o interior que es indispensable para ocultar a los espectadores la vista del cielo natural y sostener la ilusión; y que es sencillo y fácil de construirse.

Si en vista de esto Ud. halla que es asequible que la casita tenga panorama, yo estoy resuelto a llevarlo.

Suspendo aquí para continuar después.


Mariano Egaña. Cartas a Juan Egaña. 1824-1829
59. Londres, 21 de Febrero de 1827.

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