3 de marzo de 2008

CRÓNICA DE MI ESTADÍA EN RUSA VERANO
Eloísa Oliva

Llego a Rosario. Claudia Del Río espera en el andén de la estación.
Bajo la colosal mochila, que, sin embargo, y según mis estándares, será insuficiente.
Tomamos un taxi hacia el barrio Alberdi (zona de balnearios, es todo lo que sé).
Una de las primeras cosas que veo es un colectivo de nombre Serodino: parece un desafío, o un apunte recordatorio, vengo a escribir y me recibe el nombre del pueblo de Saer. Llegamos a una casa agradable en un barrio agradable. Es una bienvenida cálida y cordial. Hay un olor que impregna los ambientes, más adelante sabré que es trementina.
Hay también muebles silenciosos y un “jardín perfumado” como se anunciaba en la convocatoria. Esta será, al menos para mí, una aventura singular.

Mi cuarto por estos días tiene una cama cómoda, un tablero, una mecedora. Sobre el tablero hay un mapa de Rosario con una lupa, tarjetas de los museos, y dos ejemplares de Transatlántico, la publicación del Parque de España. Se me ofrece usar la biblioteca y Claudia me da hojas de color violeta para marcar el hueco que deje entre los libros, un gran sistema que ella acaba de aprender en una residencia en España y que pienso aplicar también apenas vuelva. También se me ofrece que trabaje en el lugar de la casa que más cómodo me quede, pero, como aprendí en el curso del año que pasó, necesito un espacio chico, sentir cerca el techo y la pared, así que el tablero es un espacio ideal.

Claudia me prepara un plato de comida, después duermo una siesta y al levantarme salgo a fumar un cigarrillo a un patio cargado de flores y de árboles, con el taller al fondo, y un nido de hornero delicadamente apoyado en el borde de una ventana.

A esta altura ya conocí a las otras dos habitantes de la casa: Lucía, hija de Claudia, estudia Ciencia Política y hace fotografía; Rita, una perra extremadamente juvenil y atlética para los diez años que lleva. Así pasa el primer día.

Luego me voy a ir entregando alegremente a la vida cotidiana de este hogar, voy a descubrir el río (¡que río!), asistir a una velada del Club del Dibujo, intentar ser lo menos pesada posible, y trabajar, intensamente en mi escritura.

La generosidad de esta casa hace que sienta un desfasaje: ¡yo no lo merezco! Sin embargo fui elegida para estar acá, y entonces, trato de cumplir honestamente con mi parte, lo cual, por otro lado, es un privilegio: extraerme de mi rutina doméstica, urbana y laboral, para regalarme esta “pequeña vacación literaria”. Los días pasan entre el tablero y el patio, y es un tiempo de afinar, de buscar la palabra justa aquí y allá donde la escritura se volvió difícil, poco natural, examinar todas las evocaciones de una frase, afirmarlas o descartarlas, volver presente algo que era pasado, o pasado algo que era futuro. Repetir hasta el cansancio la lectura revisando el sentido, la música de lenguaje, el ajuste del detalle: si acá un pronombre o un artículo, si una palabra de tres o de dos sílabas, si terminar un verso en una aguda o una esdrújula, cómo suena toda esa masa de vocales y consonantes que salieron de mi mano a lo largo de dos años.

Una tarde decido que ya casi, y Claudia escucha en el patio. Me pone muy contenta que le guste. También me junto con Beatriz Vignoli, que accede a revisar mi libro, así que finalmente en su casa, le ponemos orden a los poemas, siguiendo la intensidad y extensión de cada uno.

El libro está cerrado, excepto por una palabra. Una palabra que me va a desvelar, porque en revisarla se me va revisar mi historia personal y la historia política ya no tan reciente, o al menos tan vieja como yo, de este país. Finalmente le encuentro solución y ahora sí, a días de que RUSA Verano concluya, entre las lluvias que anuncian también el fin de la estación, 1027 parece estar listo para seguir su derrotero en busca de publicación.

El cierre lo da la lectura que en gran parte organiza Claudia, la lectura bisiesta, primera del año poético rosarino, en el piso 7 del macro. Mercedes Gómez de la Cruz, Beatriz Vignoli y yo, alternando poemas. Al final hay bastante gente y aplausos, y una comida en el Bar Davis, frente a un Paraná nocturno que brilla.

Me guardo un puñado de valiosas conversaciones, recorridos por la ciudad y el río, y un nuevo espacio inaugurado en el mapa inagotable de la amistad.
Y la certeza de un tiempo aprovechado: un libro finalmente listo.

Eloísa Oliva es poeta y editora. Ha publicado Humus. Vive y trabaja en la ciudad de Córdoba.
Obtuvo la primera edición de RUSA Verano, Residencia para 1Solo Artista, pensada y producida por Claudia del Río.

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