una mañana con Silvina Ocampo


la pintora de Antonio Berni, tempera sobre arpillera

un día afortunado el mío despertarme con el regalo
de una hey ticher, alguien que hace días una lectura la llevo a mi,
y ahora dedica un momento de su mañana de domingo,
habiendo algo trasnochado,
a tipear estas maravillas grandiosas que conectan el dibujo la escritura la infancia,
o sea todo lo que importa dentro de mi labor amorosa
gracias señorita evangelina cipriani
claudia


Silvina Ocampo, Invenciones del recuerdo. Ed. Sudamericana

Recuerda los vidrios coloreados, como un caleidoscopio,
de las mamparas del hotel de PArís,
cuando volvió.
También las clases de dibujo,
a las que asistía sus hermanas,
en un cuarto ubicado no sabe bien dónde.
Se escondía debajo de la mesa
para espiar ávidamente
y para recoger papeles destinados a la basura.
Recuerda bocas, ojos
orejas, narices griegas,
que sus hermanas copiaban de otros dibujos
hechos sobre láminas limpias, blancas.
Le gustaban las gomas de borrar,
a veces comía un pedacito.
Le gustaba el papel para que alguien le hiciera un barco
o una flecha o un saltaperico, como lo llamaba su padre.
No recuerda ninguna persona
que enseñara dibujo,
de modo que podía hacer de cuenta
que el profesor de sus hermanas era una mano sola,
un profesor que manejaba el lápiz y la goma
con destreza.
Ni siquiera recuerda cómo eran los puños del traje
por donde emergía aquella mano solitaria,
con un anillo tan impersonal,
que también parecía salido de un dibujo.
El gusto por las artes plásticas
nació en ella junto con el de la música.
Lloraba al oír a su hermana tocar en el piano a Chopin,
a Schumann, a Schubert, a Reynaldo Hahn,
pero ¿en dónde estaba ese piano?
¿En qué continenete, en qué país, en qué ciudad, en qué casa?
En su emoción
Su emoción era como un aposento que cambiaba de domicilio,
de país,
de cortinas, de muebles,
de nacionalidad
¿Era Argentina?
Lo supo al recibir una tarjeta de la Avenida
de las palmeras, en Buenos Aires

(pág. 40-41)

*

Porque juzgó que su fama de dibujante
era inmerecida,
inútilmente trató de defraudar a sus admiradores
a los que ya se habían unido los mozos
que servían las comidas,
encabezados por Siber
(nombre que no olvida, no sé por qué capricho),
el ascensorista y los porteros del hotel.
Dibujó figuras sin calcarlas,
con deliberada torpeza,
pero seguía siendo la niña
con muchas disposiciones para el dibujo,
que podría llegar con el tiempo
a ser una gran pintora.
Se resignó.
No sería ni bailarina, ni maestra,
ni costurera como soñaba ser,
sino pintora, una gran pintora.
Le compraron un álbum de dibujo

(pág. 46)

*

Solía dibujar caras
con lápices de colores o con tizas
en la glorieta,
en la pared de las casas
en la tierra con una rama
en un vidrio empañado con un dedo,
en un jabón con las uñas.
Sabía escribir la letra A mayúscula porque parecía una casita,
la s porque parecía un cisne,
la o porque parecía un huevo,
la i porque parecía un soldadito.
pero dibujar una cara encerraba para ella
todas las letras

(pág. 55-56)

http://evangelinacipriani.com.ar

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